Castillos de arena

Caminaba por la orilla, descalzo, pisando la arena húmeda.

Al fondo, dos niños jugaban con la arena. Se escuchaban sus carcajadas mezcladas con los graznidos de las gaviotas.

Me acercaba despacio, sintiendo el agua entre los dedos de los pies. Dejaba pequeñas huellas, que el vaivén de las olas se encargaba de borrar.

Cuando llegué a la altura de los niños, me quedé observando.
Estaban metidos en su papel de pequeños constructores de castillos. Dejaban caer los churretes de arena y agua entre los dedos de las manos, dando una forma gótica a aquellas pequeñas fortalezas medievales.

Uno de los niños, con mirada risueña, fijo sus ojos en los míos.
Nos quedamos mirando fijamente.
Le pregunté si necesitaba algo, y respondió que no.

Bajo un poquito la mirada y sus ojos comenzaron a brillar.
Inundándose. 
Las lagrimas resbalaban por sus mejillas, hasta caer en su pequeña fortaleza, que poco a poco se iba derrumbando.

Volvió a alzar la mirada y con la voz entrecortada, dijo: 'un abrazo'

-

Ayer pude abrazarme cuando era niño.

Ayer, regresé a la playa donde jugaba con mi amigo Samuel;
donde las horas, los días, los veranos, eran tan bonitos que no quería que terminaran nunca.

Ayer, me enseñaron que puedo volver a esa playa cuando lo necesite, y darme el amor, el cariño y los abrazos que tanto anhelaba.

Ayer, empecé a quererme.

Gracias por este viaje, Sara.













Luz de Luna

Había sido un duro día de trabajo.

Los días se empezaban a alargar, y los atardeceres cogían esas tonalidades naranjas que se mezclan con las nubes y no puedes dejar de mirar. 

Antes de recoger, me sentaba en la entrada de la caseta y esperaba que cayera el sol. La manada de gatos que vivían en la finca venían a hacerme compañía. Los más pequeños y valientes, saltaban encima mía en una clara petición de su ración de comida. Y cómo no, sacaba su pienso y lo repartía por toda la entrada para que no hubiera disputas. Aquellos pequeños gatitos, se convertían en tigrecitos voraces y glotones.

El atardecer daba paso a la noche y al fresquito. Era hora de irse.

Estaba echando la cadena de la finca y noté una presencia justo detrás de mí. Me di la vuelta y allí estaba ella, mirándome fijamente.
Casi me caigo de culo cuando la vi. 
El sol ya había desaparecido por completo y la noche iba recorriendo las colinas y montañas hasta los picos más altos.

Ella me seguía mirando fijamente. Parecía que esperaba algo de mí. Como si estuviera analizando mis movimientos. 
En ese momento elevó la cabeza  y después la agachó. Ahí sí me caí de culo. Dió un paso adelante y puso su cabeza sobre mi mano.

Me preguntaba cómo podía haber llegado hasta mí sin hacer ningún ruido. Tal vez ya estaba ahí y no la había visto. Pero me parecía imposible que hubiera sido así.

Los días que la luna se dejaba ver, ella aparecía a lo lejos como si fuera un pedacito de luna que había caído en la tierra. Se acercaba despacito, sigilosa, pero su pelaje blanco brillaba tanto que la delataba.
La llamé Samia, y como asintiendo con la cabeza, sentí que aceptaba ese nombre. Samia en lengua quichua significa 'luz de luna'.

Aquella tarde fue la primera vez que la vi y durante varios meses no faltamos ni un día a nuestra cita.

Antes de salir de la finca, preparaba un par de cubos con las hierbas que más le gustaban. 
Me sentaba en la entrada a verla comer y luego me despedía de ella acariciándola entre las orejas. Ella, relinchaba, me enseñaba los dientes y entraba a su cuadra a dormir.






Pasitos

No tengo un manual de cómo hacer las cosas.

Escribí desde mis ganas.
Hago las cosas lo mejor que puedo. Lo mejor que sé.
Pienso que es buena idea intentarlo. Pensarlo, me hace temblar un poco. Pero lo hago. Quiero poner de mi parte. 
Aunque tiemble.
Me apetece.

Mi Niño aparece. Con sus miedos.
Me siento vulnerable.
Ese nudo en el estómago. 
Mi Niño. 
Estoy aprendiendo a escucharlo, a entenderlo, a respetarlo. 
Mi Adulto lo abraza, lo acaricia, lo acompaña.

Voy dando pasos. 
Pequeños. Gigantes.
Me siento bien reconociéndome. Empiezo a identificar mis emociones. A poner nombre a cosas que en mí, no lo tenían.
A canalizar. 
Mi mundo interior sigue creciendo. Ahora, empiezo a encontrar las palabras que antes no llegaban.

Afirmaría que hay una comunicación. Esa es mi sensación.
Presto atención porque quiero aprender.
Pero tal vez sólo son mis ganas.

Sigo dando pasos.
Pequeños. Gigantes.










Florecer

La curvatura tenue de los estigmas,

al alza, buscando tocar el sol,

como los brazos de una bailarina,

que buscan entre las cortinas,

el camino que lleva a acariciar la luna.

Me recorre el recuerdo de su sonrisa, 

hipnótica como una hoguera,

me abraza la calidez del atardecer,

lentamente, sin prisa, hasta el

anochecer.


Detalle de los estigmas de una flor bilabiada de Salvia rosmarinus (romero) en la puesta de sol

Para Munay

Cuando preparamos semilleros siempre me acuerdo de ella.

Me contaba historias de cuando era niña.

Me explicaba como su abuela y su mamá, la enseñaron a recolectar y guardar semillas.

Yo ponía toda mi atención en sus palabras.

Ella, me repetía una y otra vez que, enseñar, es aprender dos veces.

- Lo cuento para ti y para mí.

Llevaba más de ochenta años repitiendo los mismos procesos.

Cuidaba un pequeño espacio de tierra, su allpa tarpuna, y cultivaba las semillas ancestrales que había heredado de su familia y comunidad.

Aquel día, mientras desgranaba una mazorca de maíz, me miró a los ojos y levantó las manos acercándolas hacia mí.

- Ves. Cada una de estas semillas representa mi pasado; ahora, nuestro presente y nuestro futuro.

Sus mejillas dibujaron una pequeña sonrisa.

- Alza tus manos, hijo. Estas son para ti.

Cerró mis manos y las apretó con fuerza.

- Siémbralas. Cuídalas. Compártelas con quien creas necesario. Enséñales a cuidarlas.

Bajé las manos y guardé las semillas en un pañuelo que llevaba en el bolsillo.

Ella continuó con la siembra.

Las dejaba caer suavemente sobre la tierra.

Luego, las tapaba y tarareaba una canción.

Las estamos despertando, dijo.

Con el paso de los días saldrán a saludar.

Ahora, debemos ser pacientes.

-
Agradecido a la ancianita Munay, que en el Ecuador, me hacía sentir como alguien de su familia cuando yo estaba a miles de kilómetros de la mía. Maestra de paciencia, de habla tranquila y suave, de mirada pura y dulce, de ojos risueños...