Castillos de arena
Luz de Luna
Pasitos
Florecer
La curvatura tenue de los estigmas,
al alza, buscando tocar el sol,
como los brazos de una bailarina,
que buscan entre las cortinas,
el camino que lleva a acariciar la luna.
Me recorre el recuerdo de su sonrisa,
hipnótica como una hoguera,
me abraza la calidez del atardecer,
lentamente, sin prisa, hasta el
anochecer.
Detalle de los estigmas de una flor bilabiada de Salvia rosmarinus (romero) en la puesta de sol
Para Munay
Cuando preparamos semilleros siempre me acuerdo de ella.
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Me contaba historias de cuando era niña.
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Me explicaba como su abuela y su mamá, la enseñaron a recolectar y guardar semillas.
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Yo ponía toda mi atención en sus palabras.
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Ella, me repetía una y otra vez que, enseñar, es aprender dos veces.
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- Lo cuento para ti y para mí.
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Llevaba más de ochenta años repitiendo los mismos procesos.
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Cuidaba un pequeño espacio de tierra, su allpa tarpuna, y cultivaba las semillas ancestrales que había heredado de su familia y comunidad.
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Aquel día, mientras desgranaba una mazorca de maíz, me miró a los ojos y levantó las manos acercándolas hacia mí.
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- Ves. Cada una de estas semillas representa mi pasado; ahora, nuestro presente y nuestro futuro.
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Sus mejillas dibujaron una pequeña sonrisa.
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- Alza tus manos, hijo. Estas son para ti.
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Cerró mis manos y las apretó con fuerza.
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- Siémbralas. Cuídalas. Compártelas con quien creas necesario. Enséñales a cuidarlas.
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Bajé las manos y guardé las semillas en un pañuelo que llevaba en el bolsillo.
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Ella continuó con la siembra.
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Las dejaba caer suavemente sobre la tierra.
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Luego, las tapaba y tarareaba una canción.
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Las estamos despertando, dijo.
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Con el paso de los días saldrán a saludar.
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Ahora, debemos ser pacientes.
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Agradecido a la ancianita Munay, que en el Ecuador, me hacía sentir como alguien de su familia cuando yo estaba a miles de kilómetros de la mía. Maestra de paciencia, de habla tranquila y suave, de mirada pura y dulce, de ojos risueños...